Léxico Erógeno

Léxico Erógeno

Una boca, otra: la comunión, el encuentro con lo desconocido y, por lo tanto, con lo divino. Las manos sobre los omóplatos como sobre la ouija, otra manera de hablar con los muertos, una fuga hacia infiernos desconocidos. Otra mano, femenina, de dedos largos sujetando la dureza de la verga, un trémulo suspiro, una agitación perversa. Una boca que se encuentra con un pezón sorprendido, pequeñito, como si miles de universos microscópicos explotaran en la boca, en la punta de la lengua. Las manos otra vez, sobre las nalgas, masajeando sueños, esculpiendo los contornos del propio deseo. Y una voz que viene detrás de otra voz, una voz material y sensual que se estructura sobre otra voz metafísica y dolorosa: cógeme, cógeme como si el mañana fuera una puta invención de la demencia del tiempo, lléname del incierto maravilloso del presente. La boca, la lengua, la barba en los muslos. La lengua dentro del sexo, femenino, el cunnilingus, el mar embravecido sobre la lengua, los labios de la boca besando los labios del sexo, esa semiótica indiscreta, la búsqueda de la identidad, del propio yo en el otro, una búsqueda caníbal, el orgasmo. Una embestida, otra: la diferencia dentro de la repetición, los instantes sucedáneos con nombre propio, la diferencia, el punto de fuga que viene desde la eternidad para cuartear la estructura, lo dado. La verga entrando. Un gemido, otro, otro. Las manos como forjando las sombras, el aire. Las manos sobre el cuerpo como sobre el agua, las manos como sobre el propio cadáver. Una perversión, un juego de niños. Un cuerpo como si estuviera siendo inventado por otro cuerpo en el choque, en la coalición también de las almas. La lengua dibujando la circunferencia de los pechos. El vaho en los muslos. La verga dentro del culo, bombeando. La espalda cual lienzo de artista. El sudor que espera y tiembla, que crea su camino. Los pies entrecruzados, una enredadera de estrellas. La violencia del amor. Lo sádico del Eros. Disparos de electricidad en todas direcciones, el corazón enfebrecido. La verga en la boca, el semen. La mirada tibia, tintineante como una lámpara de aceite. El alma que se contorsiona. Y la calma, más profunda, más basta que el vacío. Una calma de estar un poquito más muerto y, sin embargo, sonreír.

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XXX II

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En cada semáforo voy viendo tus piernas de reojo, tengo una especie de ansiedad adolescente. Me siento joven y poderoso a tu lado, será porque eres un poco mayor que yo, será porque tu belleza a mi lado me hace sentir orgulloso. Descubres mi erección debajo del pantalón, la acaricias, tus uñas son largas y pintadas de negro, me observas con tu mirada delineada la comisura de los labios. Bajo tu mirada me siento descuartizado y armado en sólo segundos.
—No me analices.
—A ti ni Freud podría analizarte.
—Lo dices porque me quieres.
—Lo digo por lo pinche desconcertante que eres, eres un amasijo de contradicciones; eres anarquista pero votas, eres ateo pero vas a la iglesia a rezar, te dices poeta maldito pero escribes cursilerías, no crees en el matrimonio pero te vas a casar, amas la violencia y la sangre pero eres tierno y hasta romántico, eres comunista pero traes este coche y tienes este iPod de última generación.
—Penúltima
—Crees en la maldad de la raza humana, pero eres bueno.
—Soy malo
—No
—Sí
Meto mi mano debajo de tu vestido, acaricio tus muslos. Tu coño todavía tiene algo de la humedad de nuestro antiguo encuentro. Vamos por la avenida. Veo la entrada a un hotel de moda; me estaciono y espero, hemos de caminar a la entrada. Volteo para todos lados como paranoico, creo que tú haces lo mismo. Así que nos escabullimos dentro del hotel, esa es la palabra: escabullirse. Esa es la primera cosa excitante de la tarde-noche. Pido un cuarto, el más lujoso, tú te has adelantado al ascensor. Ya dentro los dos del ascensor, aprovechamos para de nuevo desembocar nuestra pasión adolescente; con urgencia nos buscamos los labios, los cuerpos, los sueños. Llegamos al cuarto, nos seguimos besando incontrolablemente: mi lengua dentro de tu boca dibuja laberintos y tú a la vez respondes mordiendo mis labios con violencia.
Hay un espejo de caoba tallada, es un espejo amplio. Delante de él te paro y yo detrás de ti comienzo a desvestirte, a desabotonar tu vestido, te dejo un momento con el sostén solamente, tus calzones ya los había arrancado. El vestido yace en el suelo, a la orilla de tus zapatillas. Te beso los hombros, la espalda, recorro con mis manos tu vientre y tus brazos, sujeto tus caderas, observo tus nalgas y te doy una pequeña nalgada. Observo tu pubis, lo acaricio apenas. Luego te quito el sostén y lo dejo sobre la mesa del espejo. Tus pechos son enormes y portentosos, de sólo verlos me excito en demasía, miles de demonios juegan en mi mente y caballos negros galopan de mi sangre al infinito. Tus pezones están duros, medianos, los sujeto entre mis dedos, juego con ellos. Beso tu cuello, lamo despacio tus orejas, olfateo tu cabello como un animal olfatea a su presa. Sonríes, cierras los ojos, te dejas llevar. Bajo mi pantalón, sientes mi erección contra tus nalgas, fricciono mi pene sin meterlo, sólo lo fricciono con tus nalgas y así lo sientes ponerse cada vez más duro. Saco mi navaja, la paso por tus pechos, la hoja del metal contra el pezón crea una máscara que recorta el infinito. Paso el filo, sin cortar, por tu boca, tu cuello, tus hombros, tus tetas, tu vientre, tu pubis y me agacho para pasar el filo por tus piernas y de pasó morder tu cintura, lamer tu cadera y besar tus nalgas; luego paso la navaja en sentido inverso. Tú cierras los ojos y aprietas los dientes, me gusta, me excita verte así en el espejo, el reflejo de ti a un mismo tiempo excitada y asustada es encantador, además estás desnuda excepto los pies. Comienzo a magrearte despacito, paso mis dedos por tu coño, juego con tu clítoris y tus labios vaginales, comienzo despacito y voy aumentando el ritmo; siento cómo tus jugos van mojando mis manos, beso tu nuca y tu espalda, meto mis dedos con violencia, cada vez más rápido mientras estimulo tu clítoris que se va poniendo duro e hinchadito, te masturbo con dos dedos y luego tres, alterno, te masturbo con la palma abierta sobre el clítoris; meto mi anular, medio y meñique dentro de ti, mientras que muevo el pulgar en círculos sobre tu monte de venus. El movimiento, por momentos ondulatorio y por momentos zigzagueante, te hace gemir y escucharte me excita. Es como si tocara un instrumento musical y pudiera regular los gemidos con el virtuosísimo de mis dedos, ese poder que me hipnotiza, lo confieso, me hace sentir tan poderoso como un Dios o como un asesino. Mis dedos son largos y gruesos, los sientes cada vez más hondo y la excitación es tanta que no puedes más; entreabres los ojos, gritas, volteas y muerdes mi boca. Saco de mi mochila unos gramos de cocaína que pongo sobre la mesa del espejo, y también saco unas botellas de vino. Destapo una botella y bebo directamente del envase. El calor es un poco sofocante, prendo un cigarrillo. Tú estás deshaciendo los terroncitos de la cocaína con una tarjeta de descuento en Librerías Gandhi.
Me siento al lado de la ventana que da al estacionamiento del hotel. Un sol moribundo se esconde por detrás de la ciudad. Inhalas dos rayas de cocaína. Me ves sentado, con los pantalones abajo y bebiendo mi segunda botella de vino. Te acercas gateando, coqueta y traviesa, hasta que lanzas un primer lengüetazo sobre mi glande y lames de la punta y hasta los testículos. Subes y bajas, me miras a los ojos y yo lanzo bolas de humo de mi boca hacia la eternidad. Lo disfruto, tu boca es húmeda y dulce y suave; tu lengua es como el sueño que acaricia a otro sueño. Mueves, subes y bajas, cada vez estoy más duro y excitado. Lo pones entre tus tetas, acaricias mi glande con la punta de tus pezones. La sensación y la visión son maravillosas. Estoy calientísimo, me pones calientísimo, pero me estoy aguantando para no venirme. Me pongo de pie y te cargo sobre mí, sujetándote de las piernas me siento a la orilla de la cama y tú sobre mí. Mi verga entra con facilidad, tu vagina aprieta, humedece, enloquece. Te mueves, cabalgas, tus pechos quedan a modo para que yo los bese y los muerda, lamo tus pezones, los muerdo dejando mis dientes marcados sin importarme si dejo evidencias. Tú estás tan excitada que tampoco te importa, te sujeto de las nalgas, las azoto, vas y vienes, subes y bajas, la conmoción es exquisita. Besas mi cara, mi boca y así, con mi verga dentro de ti, me parece que nos convertimos en meras figuras de luz, nuestros cuerpos se entrelazan con la luz y me derramo dentro de ti, suelto todo mi semen con una inversión de la perversión que, por lo mismo, es perversa: derramo mi semen para fecundarte; sientes el torrente dentro de ti, te angustias unos segundos pero, sobre todo, caemos tendidos y satisfechos sobre la cama.
—Me parece increíble que existas
—Me parece increíble existir y que, sin embargo, tú estés en mi vida.
—Yo nunca había sido infiel
—Tampoco yo
—¿Y todos tus relatos sobre mujeres en los hoteles a las que les haces exactamente lo mismo que a mí?
—Ficción, puede que esto también lo sea.
—Ya perdí la cuenta de los orgasmos, tenía mucho tiempo que no me sentía así
—Eres maravillosa.
Prendemos la televisión, vemos una película pornográfica. Eso nos vuelve a calentar. Bebemos vino, cada quien con tu botella. Platicamos de la vida, del amor, de la muerte y de las fantasías. Ser atada. Un trío con japonesas. El amor es un perro del infierno que se muerde la cola eternamente. El deseo por el otro siempre está signando por la ausencia de uno mismo, ya sea por la imposibilidad de ser uno mismo o por la huida por aburrición o por miedo, de ser uno mismo. Ser cogida por muchos hombres, cinco o seis, mínimo, que me inunden de semen todo el cuerpo. Coger con mi prima. La vida es algo complejo y desconocido, lo cierto es que el futuro es incierto, todo ocurre en el presente, esa es la paradoja, la desesperanza de los relojes. El universo es plastilina musical. El universo es un canguro de cartón. Cuando era joven quería morir cuando aún no estuviera tan acabada, como a los cuarenta o cuarenta y cinco. Siempre me han gustado las mujeres rotas, por eso me gustas. El feminismo es una mierda. La sociedad es una trampa. Estamos aquí para ser libres y medianamente felices. Cuando era lolita deseaba ser follada por mi tío. Hasta la fecha me masturbo pensando en mi maestra del kínder. El amor es lo segundo más maravilloso del mundo, que qué es lo primero, coger contigo.
—Me voy a dar otras líneas
—Vas
Te agachas para inhalar la cocaína, deshaces los terrones, formas las líneas y envuelves un billete de 20 pesos. Ver tu culo así me excita y me acerco a nalguearte, primero como un juego, luego más duro. Con la palma azoto con especial ímpetu, al principio te reías pero ahora pareces preocupada, el dolor se apodera de ti. No dejo que te levantes, mantengo tu cabeza sumergida en el polvo. Me gusta ver tus nalgas rojas, luego agarro el cinturón y con él comienzo a golpearte duro, las marcas sanguinolentas son notables. Fricciono mi verga contra tu culo, pero está vez sí lo meto, voy abriéndome camino con violencia y fuerza. Te sujeto de la cintura y de una estocada la clavo hasta el fondo. Sueltas un grito, lloras.
—Detente, sabes que no me gusta por… Ayyy
No te escucho, te penetro salvajemente, te acaricio el clítoris y luego golpeo con la palma abierta tus labios vaginales. Abro más tu ojo de Sodoma, mi verga se hace gruesísima dentro de ti, embisto, embisto, bombeo… Soy un bombardero ruso, lloras, pataleas, finalmente te libras de mí….
—No me gusta esto, me estás lastimando. Pinche loco, mejor ahí le dejamos…
De mi mochila saco mi pistola automática calibre 28. Es negra y de metal. Te apunto. Te desconciertas, balbuceas unas palabras.
—¿Qué estás haciendo?
—Lame la pistola…
—Creo que esto es…
—¡Lame la pistola, puta!
Ves la determinación en mis ojos y te acercas a lamer la pistola automática. Chupas, la metes entera en tu boca. Te acerco de nuevo al espejo y de nuevo te enculo, mi verga entra cada vez con mayor facilidad, la sensación me enloquece. Tú sigues llorando pero tengo la pistola apuntando a tu cabeza…. Abro tus muslos, meto el arma entre tus piernas, una vez que la lleno de tu esencia, la meto en tu boca para que pruebes tu propio sabor mezclado con el metal y el olor a pólvora. Gritas, me gusta verte gritar en el espejo y tus tetas enormes que se mecen en cada vez más crueles oscilaciones. Retuerzo tus pezones tan duro que aúllas una vez más… Eso me excita tanto que estoy a punto de venirme.
—Ponte de rodillas, puta, ponte de rodillas…
Te arrodillas, estás llorando, meto la pistola en tu boca, la sostengo con mi mano izquierda mientras que con la derecha me estoy masturbando sobre tu cara, me excita verte así, llorosa, con el maquillaje corrido y con el frío metal dentro de tu boca… Así que suelto una avalancha de semen que por un momento te enceguece, el resto del semen lo descargo en tu boca y en tus tetas. Es una sensación delirante. Caigo a tu lado, en la alfombra de la habitación y cierro los ojos sollozando.
La pistola está descargada, te digo sonriendo. Me abofeteas, un golpe durísimo… Luego me besas. Te acuestas a mi lado.

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En familia

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Aprieto los dados en mi mano mientras te observo; arrojo mi suerte sobre la mesa; ríes como un lirio en medio del lago de la vida. Nunca he visto nada ni nadie más hermosa que tú. Me gusta el sonido de tu risa y el olor de tu cuerpo al agitarte; miras de reojo mi juego, luego arrojas los dados tú, sueltas, esa metáfora de la vida, ese enceguecedor relámpago de eternidad; me parece que me apuesto el sudor en el tablero dominical. Sujetas el avión de plástico con tus dedos delgados y avanzas ocho casillas. Aprovecho para observar a detalle el negro de tus uñas recortadas, el rojo de tus labios que tiembla en medio del infierno de mi conciencia. Te recargas hacia atrás, mueves un poco tu cuello; ese sutil pero sensual movimiento hace revolotear, imagino, todas las mariposas de toda la tierra.
Una de nuestras tías se acerca y te dice que estás más bonita que nunca. Sonríes mostrando tus dientes perfectos, curvando la boca de esa manera tan maravillosa que sólo tú sabes. Dices que todo se debe al amor. Luego, como si de una medalla se tratara, levantas tus pechos orgullosa; pienso en todas tus batallas, en todos tus movimientos, tus combates y tus guerras. Eres una mujer que ha sufrido en la vida, casi me atrevo a decirlo; esa manera tuya de disfrutar la vida es el resultado de miles de heridas sanadas. Me embeleso en contemplar tus labios por un momento, los mojas con jugo de uva y el rojo se humedece de repente, parecen la herida abierta de un colibrí enamorado, el sueño de Saturno, una ciudad griega en el esplendor de la filosofía, las matemáticas y la poesía. Un poema hermoso, prima, eso eres ante mis ojos, esta tarde de domingo familiar. Observo, no lo puedo evitar, tus pechos; te das cuenta y volteas a verme, me pongo nervioso, enrojezco, volteó la mirada con rapidez; tú, por única respuesta, te ríes de nuevo y te acomodas en la mesa. Vas a la cocina por más jugo de uva, entonces veo, porque la vida se trata de oportunidades, tu culo contoneándose, las líneas bronceadas de tu espalda; tu cabellera rubia como fuego en el viento; un fuego que, como el espartano, brillaría incluso debajo del agua, incluso más allá de toda sombra y todo canto. Una aparición prima; trato de disimular mi erección debajo de la mesa, cruzo la pierna y bebo jugo de uva, mastico sabritas. Hago de todo para evitar verte desnuda en mi mente, cabalgándome, con tu cabello suelto y tus pechos al aire. Hago lo que puedo para no imaginar tus pezones en mi boca, tan calientes y tan duros que rompan e incineren todos mis miedos.
La tarde pasa como otras tantas en la vida; el sol es maravilloso porque perlea de sudor los contornos de tu piel; es estupenda tu belleza clavada en mi pupila como un dardo envenenado. Tus ojos verdes me miran fijamente, con una luz poderosa. Me achico, me hago pequeño y decido mejor no comprar las propiedades que te interesan. Me retiro como todo un caballero. Entonces bajas tus anteojos, prueba de que ahora jugarás enserio, apostarás todo; tus lentes de trailero que te hacen tan sensual. No puedo con tanto calor y voy al refrigerador por hielo, está detrás de la casa; me paralizo al oír el sonido de tus tacones contra el piso, un sonido que ya reconocería en el mismo infierno. Sobretodo porque tú, sólo tú eres mi súcubo favorita. ¿Cuántas veces me has poseído en mis sueños? Ya perdí la cuenta.
– Hola, primo.
– Hola, prima.
– ¿Qué haces?
– Vine por hielo, estoy acalorado.
– Yo también estoy caliente…
– Eso no se oyó muy…
– [Se ríe] ¿Cómo vas con las novias, primo?
– Pura amiguita con derechos, ya sabes.
– ¿Y cómo no te he conocido ninguna?
– Las amigas con derechos no se presentan a la familia.
– A mí se me hace que puro cotorreo.
– La verdad sí. No tengo novia ni amiguitas.
– ¿Entonces cómo le haces, primo?
– Pienso en alguien.
– ¿Piensas en alguien?
– Sí
– ¿Cómo es eso?
– La imagino que viene gateando, desnuda, con sus brillantes ojos de color. Ella es más grande que yo, pero me excita mucho más que las chicas de mi edad…
– Cuéntame más, primo.
– No, ya me dio pena.
– No te apenes, primo. Dime qué más le haces a esa mujer en tu cabecita loca.
– Le muerdo la boca fuerte, mientras la sujeto del cuello, me entrelazo con ella en un beso violento y aprieto sus labios con mis dientes y siento su lengua bailando dentro de mi boca como una serpiente hindú.
– ¿Después qué pasa?
No soporto más, te atraigo hacia mí, sujetándote de la cintura, sonrío y sonríes; entonces clavo un beso en tus labios y muerdo tus labios, tal como acababa de relatar; aprieto tu cuello, es delgado y parece pequeño entre mis manos grandes, así meto mi lengua en tu garganta y después de juguetear un rato termino el beso apretando ligeramente la comisura de tus labios con los dientes. Suelto tu cuello y te doy otro beso, esta vez con mucha ternura, te agitas, aumentan los latidos de nuestro corazón; los latidos a esas alturas son una orquesta, un torrente de sonidos, la estridencia misma de los sentidos. Te sacas la blusa y compruebo que tu sostén es rosa. Lo desabrocho y quedan al descubierto dos de las tetas más preciosas que he visto en mi vida; los pezones son pequeñitos y rositas, tu piel es tan clara como la muerte, como la verdad verdadera, como el amanecer silencioso de la poesía. Meto tus pezones en mi boca y tú dices Pero qué tenemos aquí, acto seguido tocas el bulto en mi pantalón y comprendes que es un tributo hacia ti. Nunca en mi vida me he sentido más caliente y excitado, nunca había estado fajándome tan delicioso con una mujer tan hermosa como tú, primita. Lo tomas entre tus manos, ves cómo se hace cada vez más potente mi deseo por ti. Desabrochas mi pantalón y bajas mis boxers, tomas mi verga entre tus manos y la manipulas a tu antojo. Acaricio tus muslos, beso tu cuello y tus orejas, muerdo tus hombros. Agitas mi pene, lo pones duro. Bajo tus bragas y levanto tu falda, lo meto despacito, disfrutando tu mirada, tus labios que apenas tiemblan y el sudor que resbala en medio de tus pechos. Embisto cada vez más fuerte, voy acelerando el ritmo, tapo tu boca para que nadie nos escuche. Esto es nuestro secreto. Tu belleza me enlela, prima, estoy hipnotizado en el vaivén de tu sensualidad, en tu oleaje sagrado que inunda de delicias mi mente y mi cuerpo. Te cargo sosteniéndote de las nalgas y en un arrebato demencial me corro dentro de ti, deliciosamente. El placer es inmenso. Nos arreglamos rápido, tenemos que regresar con todos los demás.
Fuiste por hielo y regresaste más acalorado, dicen mis primos. Nos reímos. Destapo una cerveza y la sirvo en un vaso con hielo. Seguimos jugando, pero yo ya gané, mientras te veo de reojo, prima, me doy cuenta que yo soy el mayor ganador esta tarde.

Mariana, Mariana

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Hablo de otra pero podría hablar de usted. O de ti. Hay una mujer que toca a la puerta de mi casa, son las nueve o las diez de la noche. Ninguna cábala en los números. Yo repito su nombre dos veces, Mariana, Mariana, y te invito a pasar. El pretexto es la soledad, el aburrimiento. Probablemente. Traes una falda beige, corta y un suéter negro, me llama la atención el contraste, como si dos climas existieran dentro de tu cuerpo al mismo tiempo. Hablas de tu vida, bebes todo mi vino tinto. Al poco tiempo estás borracha. Y entonces lo veo. La nada que viene de un lugar desconocido, tal vez el alma, y se instala en la casa, en la sala, al lado de tus muslos, luego da una vuelta por el universo (la nada viaja más rápido que la luz, Mariana) y regresa para convertirse en desamparo en tu mirada. Luego mueves los brazos, parece un movimiento involuntario, observo tus manos, esas manos que son capaces de convertir la tristeza en arte. Bebo tu nombre despacio, para complacerme, me detengo en las vocales un poco, guardo las letras debajo de mi lengua como si se tratara de una droga poderosa. Probablemente haga calor. La luz de las ventanas atraviesa y da de lleno en los omóplatos que apenas imagino. Pones música, los Stooges. Traigo una botella de mezcal, bebo un trago. Prendo un cigarro. Bailas salvajemente, levantando los brazos y moviendo los labios. Entonces percibo por primera vez que debajo del suéter no traes nada, veo los pezones marcados por los movimientos repentinos. Observo tus piernas largas, casi infinitas. Tu presencia en la habitación tiene un erotismo implícito, un centro de gravedad de sensualidad y muerte, la atracción fatal de los cuchillos y de las carreras de autos, la muerte prematura por exceso de cocaína. Veo tu cuerpo y de repente eres una isla de luz, de luz triste como las farolas que apenas tintinean a las tres de la mañana. Perdona mis blasfemias (Mariana) pero si no fueras triste, si no tuvieras esa hermosa tristeza del otoño, no me excitarías tanto. Me parece increíble (debe haber alguno) que no haya hombres que al contemplar tu tristeza, tu desamparo, se arrojen a tus brazos como a un destino marcado desde hace siglos por el oráculo. Me gustan tus ojos pequeñitos y tu sonrisa amplia, la manera descarada en que fumas haciendo temblar apenas tu labio inferior. Tu mirada y tus cejas. La tristeza, habrá que decirlo, te hace peligrosa (Mariana), no considero que tu desamparo, que tu tristeza, sea inofensiva, tienes el poder, los medios, los besos, la suerte. Una mujer capaz de dejarse follar por dos, tres o cuatro hombres con tal de combatir el aburrimiento, pienso en tribus y en filosofías, sólo puedo pensar en lo que hay debajo del suéter negro, me acerco y lo quito. Desnuda, de la cintura para arriba y sin ninguna preocupación sales al balcón a fumar. Ves las nubes. Observo tu espalda y tus nalgas. Sé que alguien más puede verte, ese entrecruzamiento de miradas, ese exhibicionismo me desconcierta y excita, creo que estás más borracha de lo que creí. Bailas y fumas, suenan los Stooges, el primer disco de 1969. Me acerco por tu espalda, beso tu cabello y meto mi mano debajo de tu falda. Espera, dices. Volteas y me das un beso tierno. Vamos al cuarto. Te metes al baño y yo espero acostado en la cama. Sales completamente desnuda del baño y poniendo una mano en la estructura de la puerta me dices Quiero que me cojas toda la noche y toda la mañana. Observo tu pubis hermoso, tu vientre, tus pechos, tu cadera. Bajas mi pantalón y sin más mediación metes mi verga en tu boca, la mamas desesperada, traviesa, golosa, coqueta. Mamando y lamiendo de vez en vez los huevos y mirándome a los ojos. Una sonrisa como de diabla recién nacida se esboza en tu boca. Prendo la televisión: pongo una película pornográfica. En la película dos chicas, una rubia y una chica de cabello negro (probablemente rubia natural) viajan en el tiempo para tener experiencias sexuales. No sigo la trama pero al parecer son dos científicas. En ocasiones las dos chicas follan con un solo hombre (un cavernícola, por ejemplo) y en otras ocasiones cada una folla con un hombre diferente (dos soldados nazi, por ejemplo.) Te acuestas dándome la espalda a ver la película, entonces aprovecho para besar tu espalda y masturbarte. Siento tu cuerpo o el cuerpo de otra un cuerpo contonearse, desbaratarse o derretirse. Mis dedos avanzan, conquistan. En la película un hombre calvo que pretende ser futurista le mete la verga en la boca a la chica de cabello negro, la mete tan brutalmente que la chica de cabello negro llora. Otro tipo que pretende ser futurista pero que en realidad parece alíen, penetra en cuatro a la chica del cabello rubio. La chica del cabello rubio arquea su espalda y lanza su culito como un reto. Yo te sigo masturbando, cierro los ojos, es como si estuviera tocando un piano y como si con mi melodía los planetas bailaran y chocaran y estallaran.
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