Una boca, otra: la comunión, el encuentro con lo desconocido y, por lo tanto, con lo divino. Las manos sobre los omóplatos como sobre la ouija, otra manera de hablar con los muertos, una fuga hacia infiernos desconocidos. Otra mano, femenina, de dedos largos sujetando la dureza de la verga, un trémulo suspiro, una agitación perversa. Una boca que se encuentra con un pezón sorprendido, pequeñito, como si miles de universos microscópicos explotaran en la boca, en la punta de la lengua. Las manos otra vez, sobre las nalgas, masajeando sueños, esculpiendo los contornos del propio deseo. Y una voz que viene detrás de otra voz, una voz material y sensual que se estructura sobre otra voz metafísica y dolorosa: cógeme, cógeme como si el mañana fuera una puta invención de la demencia del tiempo, lléname del incierto maravilloso del presente. La boca, la lengua, la barba en los muslos. La lengua dentro del sexo, femenino, el cunnilingus, el mar embravecido sobre la lengua, los labios de la boca besando los labios del sexo, esa semiótica indiscreta, la búsqueda de la identidad, del propio yo en el otro, una búsqueda caníbal, el orgasmo. Una embestida, otra: la diferencia dentro de la repetición, los instantes sucedáneos con nombre propio, la diferencia, el punto de fuga que viene desde la eternidad para cuartear la estructura, lo dado. La verga entrando. Un gemido, otro, otro. Las manos como forjando las sombras, el aire. Las manos sobre el cuerpo como sobre el agua, las manos como sobre el propio cadáver. Una perversión, un juego de niños. Un cuerpo como si estuviera siendo inventado por otro cuerpo en el choque, en la coalición también de las almas. La lengua dibujando la circunferencia de los pechos. El vaho en los muslos. La verga dentro del culo, bombeando. La espalda cual lienzo de artista. El sudor que espera y tiembla, que crea su camino. Los pies entrecruzados, una enredadera de estrellas. La violencia del amor. Lo sádico del Eros. Disparos de electricidad en todas direcciones, el corazón enfebrecido. La verga en la boca, el semen. La mirada tibia, tintineante como una lámpara de aceite. El alma que se contorsiona. Y la calma, más profunda, más basta que el vacío. Una calma de estar un poquito más muerto y, sin embargo, sonreír.

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