En familia

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Aprieto los dados en mi mano mientras te observo; arrojo mi suerte sobre la mesa; ríes como un lirio en medio del lago de la vida. Nunca he visto nada ni nadie más hermosa que tú. Me gusta el sonido de tu risa y el olor de tu cuerpo al agitarte; miras de reojo mi juego, luego arrojas los dados tú, sueltas, esa metáfora de la vida, ese enceguecedor relámpago de eternidad; me parece que me apuesto el sudor en el tablero dominical. Sujetas el avión de plástico con tus dedos delgados y avanzas ocho casillas. Aprovecho para observar a detalle el negro de tus uñas recortadas, el rojo de tus labios que tiembla en medio del infierno de mi conciencia. Te recargas hacia atrás, mueves un poco tu cuello; ese sutil pero sensual movimiento hace revolotear, imagino, todas las mariposas de toda la tierra.
Una de nuestras tías se acerca y te dice que estás más bonita que nunca. Sonríes mostrando tus dientes perfectos, curvando la boca de esa manera tan maravillosa que sólo tú sabes. Dices que todo se debe al amor. Luego, como si de una medalla se tratara, levantas tus pechos orgullosa; pienso en todas tus batallas, en todos tus movimientos, tus combates y tus guerras. Eres una mujer que ha sufrido en la vida, casi me atrevo a decirlo; esa manera tuya de disfrutar la vida es el resultado de miles de heridas sanadas. Me embeleso en contemplar tus labios por un momento, los mojas con jugo de uva y el rojo se humedece de repente, parecen la herida abierta de un colibrí enamorado, el sueño de Saturno, una ciudad griega en el esplendor de la filosofía, las matemáticas y la poesía. Un poema hermoso, prima, eso eres ante mis ojos, esta tarde de domingo familiar. Observo, no lo puedo evitar, tus pechos; te das cuenta y volteas a verme, me pongo nervioso, enrojezco, volteó la mirada con rapidez; tú, por única respuesta, te ríes de nuevo y te acomodas en la mesa. Vas a la cocina por más jugo de uva, entonces veo, porque la vida se trata de oportunidades, tu culo contoneándose, las líneas bronceadas de tu espalda; tu cabellera rubia como fuego en el viento; un fuego que, como el espartano, brillaría incluso debajo del agua, incluso más allá de toda sombra y todo canto. Una aparición prima; trato de disimular mi erección debajo de la mesa, cruzo la pierna y bebo jugo de uva, mastico sabritas. Hago de todo para evitar verte desnuda en mi mente, cabalgándome, con tu cabello suelto y tus pechos al aire. Hago lo que puedo para no imaginar tus pezones en mi boca, tan calientes y tan duros que rompan e incineren todos mis miedos.
La tarde pasa como otras tantas en la vida; el sol es maravilloso porque perlea de sudor los contornos de tu piel; es estupenda tu belleza clavada en mi pupila como un dardo envenenado. Tus ojos verdes me miran fijamente, con una luz poderosa. Me achico, me hago pequeño y decido mejor no comprar las propiedades que te interesan. Me retiro como todo un caballero. Entonces bajas tus anteojos, prueba de que ahora jugarás enserio, apostarás todo; tus lentes de trailero que te hacen tan sensual. No puedo con tanto calor y voy al refrigerador por hielo, está detrás de la casa; me paralizo al oír el sonido de tus tacones contra el piso, un sonido que ya reconocería en el mismo infierno. Sobretodo porque tú, sólo tú eres mi súcubo favorita. ¿Cuántas veces me has poseído en mis sueños? Ya perdí la cuenta.
– Hola, primo.
– Hola, prima.
– ¿Qué haces?
– Vine por hielo, estoy acalorado.
– Yo también estoy caliente…
– Eso no se oyó muy…
– [Se ríe] ¿Cómo vas con las novias, primo?
– Pura amiguita con derechos, ya sabes.
– ¿Y cómo no te he conocido ninguna?
– Las amigas con derechos no se presentan a la familia.
– A mí se me hace que puro cotorreo.
– La verdad sí. No tengo novia ni amiguitas.
– ¿Entonces cómo le haces, primo?
– Pienso en alguien.
– ¿Piensas en alguien?
– Sí
– ¿Cómo es eso?
– La imagino que viene gateando, desnuda, con sus brillantes ojos de color. Ella es más grande que yo, pero me excita mucho más que las chicas de mi edad…
– Cuéntame más, primo.
– No, ya me dio pena.
– No te apenes, primo. Dime qué más le haces a esa mujer en tu cabecita loca.
– Le muerdo la boca fuerte, mientras la sujeto del cuello, me entrelazo con ella en un beso violento y aprieto sus labios con mis dientes y siento su lengua bailando dentro de mi boca como una serpiente hindú.
– ¿Después qué pasa?
No soporto más, te atraigo hacia mí, sujetándote de la cintura, sonrío y sonríes; entonces clavo un beso en tus labios y muerdo tus labios, tal como acababa de relatar; aprieto tu cuello, es delgado y parece pequeño entre mis manos grandes, así meto mi lengua en tu garganta y después de juguetear un rato termino el beso apretando ligeramente la comisura de tus labios con los dientes. Suelto tu cuello y te doy otro beso, esta vez con mucha ternura, te agitas, aumentan los latidos de nuestro corazón; los latidos a esas alturas son una orquesta, un torrente de sonidos, la estridencia misma de los sentidos. Te sacas la blusa y compruebo que tu sostén es rosa. Lo desabrocho y quedan al descubierto dos de las tetas más preciosas que he visto en mi vida; los pezones son pequeñitos y rositas, tu piel es tan clara como la muerte, como la verdad verdadera, como el amanecer silencioso de la poesía. Meto tus pezones en mi boca y tú dices Pero qué tenemos aquí, acto seguido tocas el bulto en mi pantalón y comprendes que es un tributo hacia ti. Nunca en mi vida me he sentido más caliente y excitado, nunca había estado fajándome tan delicioso con una mujer tan hermosa como tú, primita. Lo tomas entre tus manos, ves cómo se hace cada vez más potente mi deseo por ti. Desabrochas mi pantalón y bajas mis boxers, tomas mi verga entre tus manos y la manipulas a tu antojo. Acaricio tus muslos, beso tu cuello y tus orejas, muerdo tus hombros. Agitas mi pene, lo pones duro. Bajo tus bragas y levanto tu falda, lo meto despacito, disfrutando tu mirada, tus labios que apenas tiemblan y el sudor que resbala en medio de tus pechos. Embisto cada vez más fuerte, voy acelerando el ritmo, tapo tu boca para que nadie nos escuche. Esto es nuestro secreto. Tu belleza me enlela, prima, estoy hipnotizado en el vaivén de tu sensualidad, en tu oleaje sagrado que inunda de delicias mi mente y mi cuerpo. Te cargo sosteniéndote de las nalgas y en un arrebato demencial me corro dentro de ti, deliciosamente. El placer es inmenso. Nos arreglamos rápido, tenemos que regresar con todos los demás.
Fuiste por hielo y regresaste más acalorado, dicen mis primos. Nos reímos. Destapo una cerveza y la sirvo en un vaso con hielo. Seguimos jugando, pero yo ya gané, mientras te veo de reojo, prima, me doy cuenta que yo soy el mayor ganador esta tarde.

Mariana, Mariana

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Hablo de otra pero podría hablar de usted. O de ti. Hay una mujer que toca a la puerta de mi casa, son las nueve o las diez de la noche. Ninguna cábala en los números. Yo repito su nombre dos veces, Mariana, Mariana, y te invito a pasar. El pretexto es la soledad, el aburrimiento. Probablemente. Traes una falda beige, corta y un suéter negro, me llama la atención el contraste, como si dos climas existieran dentro de tu cuerpo al mismo tiempo. Hablas de tu vida, bebes todo mi vino tinto. Al poco tiempo estás borracha. Y entonces lo veo. La nada que viene de un lugar desconocido, tal vez el alma, y se instala en la casa, en la sala, al lado de tus muslos, luego da una vuelta por el universo (la nada viaja más rápido que la luz, Mariana) y regresa para convertirse en desamparo en tu mirada. Luego mueves los brazos, parece un movimiento involuntario, observo tus manos, esas manos que son capaces de convertir la tristeza en arte. Bebo tu nombre despacio, para complacerme, me detengo en las vocales un poco, guardo las letras debajo de mi lengua como si se tratara de una droga poderosa. Probablemente haga calor. La luz de las ventanas atraviesa y da de lleno en los omóplatos que apenas imagino. Pones música, los Stooges. Traigo una botella de mezcal, bebo un trago. Prendo un cigarro. Bailas salvajemente, levantando los brazos y moviendo los labios. Entonces percibo por primera vez que debajo del suéter no traes nada, veo los pezones marcados por los movimientos repentinos. Observo tus piernas largas, casi infinitas. Tu presencia en la habitación tiene un erotismo implícito, un centro de gravedad de sensualidad y muerte, la atracción fatal de los cuchillos y de las carreras de autos, la muerte prematura por exceso de cocaína. Veo tu cuerpo y de repente eres una isla de luz, de luz triste como las farolas que apenas tintinean a las tres de la mañana. Perdona mis blasfemias (Mariana) pero si no fueras triste, si no tuvieras esa hermosa tristeza del otoño, no me excitarías tanto. Me parece increíble (debe haber alguno) que no haya hombres que al contemplar tu tristeza, tu desamparo, se arrojen a tus brazos como a un destino marcado desde hace siglos por el oráculo. Me gustan tus ojos pequeñitos y tu sonrisa amplia, la manera descarada en que fumas haciendo temblar apenas tu labio inferior. Tu mirada y tus cejas. La tristeza, habrá que decirlo, te hace peligrosa (Mariana), no considero que tu desamparo, que tu tristeza, sea inofensiva, tienes el poder, los medios, los besos, la suerte. Una mujer capaz de dejarse follar por dos, tres o cuatro hombres con tal de combatir el aburrimiento, pienso en tribus y en filosofías, sólo puedo pensar en lo que hay debajo del suéter negro, me acerco y lo quito. Desnuda, de la cintura para arriba y sin ninguna preocupación sales al balcón a fumar. Ves las nubes. Observo tu espalda y tus nalgas. Sé que alguien más puede verte, ese entrecruzamiento de miradas, ese exhibicionismo me desconcierta y excita, creo que estás más borracha de lo que creí. Bailas y fumas, suenan los Stooges, el primer disco de 1969. Me acerco por tu espalda, beso tu cabello y meto mi mano debajo de tu falda. Espera, dices. Volteas y me das un beso tierno. Vamos al cuarto. Te metes al baño y yo espero acostado en la cama. Sales completamente desnuda del baño y poniendo una mano en la estructura de la puerta me dices Quiero que me cojas toda la noche y toda la mañana. Observo tu pubis hermoso, tu vientre, tus pechos, tu cadera. Bajas mi pantalón y sin más mediación metes mi verga en tu boca, la mamas desesperada, traviesa, golosa, coqueta. Mamando y lamiendo de vez en vez los huevos y mirándome a los ojos. Una sonrisa como de diabla recién nacida se esboza en tu boca. Prendo la televisión: pongo una película pornográfica. En la película dos chicas, una rubia y una chica de cabello negro (probablemente rubia natural) viajan en el tiempo para tener experiencias sexuales. No sigo la trama pero al parecer son dos científicas. En ocasiones las dos chicas follan con un solo hombre (un cavernícola, por ejemplo) y en otras ocasiones cada una folla con un hombre diferente (dos soldados nazi, por ejemplo.) Te acuestas dándome la espalda a ver la película, entonces aprovecho para besar tu espalda y masturbarte. Siento tu cuerpo o el cuerpo de otra un cuerpo contonearse, desbaratarse o derretirse. Mis dedos avanzan, conquistan. En la película un hombre calvo que pretende ser futurista le mete la verga en la boca a la chica de cabello negro, la mete tan brutalmente que la chica de cabello negro llora. Otro tipo que pretende ser futurista pero que en realidad parece alíen, penetra en cuatro a la chica del cabello rubio. La chica del cabello rubio arquea su espalda y lanza su culito como un reto. Yo te sigo masturbando, cierro los ojos, es como si estuviera tocando un piano y como si con mi melodía los planetas bailaran y chocaran y estallaran.
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