Marly III

Marly III

Voy a escribir un camino de guirnaldas, de orquídeas, de nenúfares. Un camino con mis flores favoritas, para que vengas, sin regreso, siempre. En mi sangre atornillaré tu recuerdo, tu risa, en mi sangre que es mi patria, extrañaré el calor de tu cuerpo, el aroma de tu alma, la música de tu pensamiento. Te extrañaré más cuando te tengo, mientras te hago el amor. Duplicará la ausencia el sudor y seremos tristes y plenos a un tiemplo, deshilachadas ofrendas en el templo del placer. Esculpiré los gemidos y a ese hueco entre tu sexo y mi sexo le llamaremos muerte, le llamaremos anacronía.

Voy a hacer estallar la luz en tu espalda baja.

Voy a escribir las calles que nos atan, voy a escribir los callejones en que podemos encontrarnos para que así quede nuestro beso atrapado en el tiempo, escribiré la vida para desmorirnos, escribiré la libertad para desanudarnos y desnudarnos, dentro del aquelarre del poema, a la orilla del ser. Desnadarnos y qué corran alegres las cascadas, otrora hipnóticas, de la diosa Gaya. Detendré la palabra pájaro para sembrar una parvada en tu vientre, detendré la palabra lobo para inocular una jauría en tus muslos, detendré la palabra pez para embeber un cardumen en tu sexo.

Voy a hacer implosionar una orgía de estrellas en tu vientre.

Voy a escribir las perversiones más tiernas esta noche, escribir, por ejemplo, tus caderas son el muelle en el que quiero hundir todos mis soles, en el que quiero estrellar todos mis barcos, en donde quiero azotar todas mis olas. Escribir, también, una cartografía de besos y lengüetazos que vayan de tu nuca a tus nalgas, de tus nalgas a tus pies, de tus pies a tu pubis, de tu pubis a tus senos, de tus senos a tu boca y recomenzar. Trataré de ser inmanente y lúcido. Y haré disertaciones estúpidas sobre la comprensión, diré, por ejemplo, lo que hay que comprender de la noche es el insomnio, lo que hay que comprender del amor es su relatividad, lo que hay que comprender de la nada es que también la palabra nada, sobra. Y así sabré que lo escribí todo, pero todo, para hacer caer tus ropas.

Voy a detonar todas estas palabras una vez que estén en tu mente.

Voy a escribir un relato, parecido a este o éste, para recordarte justo ahora, como te recuerdo justo ahora y guardar ese recuerdo en un lugar seguro del corazón. Y hacer desmemoria de todas las demás cosas y olvidar todos los demás días. He llegado tarde (pero decidido) a tus besos. He demorado todas las mujeres para encontrarte, mujer. Y no te suelto. Y no me voy. Circundo tu nombre, aprendo tu rastro, descuelgo los planetas y los pongo a girar en tus caderas. Apapacho tus signos, tus silencios son mis amigos y escribo todo de nuevo para borrar, letra a letra, eso nunca dicho. Eso que algún día o alguna noche te diré callándome.

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Marly II

Marly II

Estamos desnudos y vacíos, pero no un vacío occidental, no, por Dios, sino un vacío oriental: un vacío que se parece a la plenitud y que en ese parecerse (aparecerse) es plenitud, es estar llenos de vida y de muerte a la vez, sí dije de muerte, porque el placer también es eso, también consiste en eso, reconocer que uno se va a morir y que quizá después no haya nada, yo no quiero nada más, sólo quiero este pedacito de vida y tus besos, te digo al oído, te lo digo como dentro del sueño de un monstruo que a la vez es soñado por un Dios pecaminoso pero bonachón. Dios no puedo ser ni tan bueno ni tan malo, me dices y me besas las manos. Mis manos que están grandes y rechonchas y suaves, como las de un pianista gordo, o un escritor gordo, o mías que son tuyas, pero también largas como ciertas sílabas o diptongos, un día con estas manos, te digo, arrancaré dos estrellas del cielo y te las pondré de aretes. Entonces nos reímos como dos niños, o nos ponemos muy serios, como ante la palabra desolación. Te muerdo un hombro, acaricio tus piernas y me dices que la desolación no sólo encierra tristeza, sino también belleza. Un círculo de fuego que encierra belleza. Pero la palabra es otra, la palabra es hermosura, uno se siente desolado frente a lo que es triste y hermoso a un tiempo. Nos abrazamos, el calor de nuestros cuerpos es un poema kamikaze. Métemela hasta el fondo, me dices al oído con una sonrisa traviesa. Lo hago. Pero el fondo es otra cosa, el fondo es el doble, el espejo de otro fondo, una frontera que se traduce multiplicándose. Es como tratar de tapar el pozo de la muerte, mientras hacemos el amor alguien muere, ojalá que nadie que queramos, pero alguien muere, mientras escribo, mientras doy clases, mientras limpio las ventanas de mi habitación, alguien muere y es terrible y es terrible que algo muera también. Pienso en eso, en tanta muerte y sin embargo te penetro, se me viene a la mente la imagen de un cadáver hundiéndose en el fango, un cadáver siendo devorado por la tierra que es pura vida y uno arroja allí sus huesos que son pura muerte. Recíbeme, Espíritu santo de los Infiernos, digo a tu oído y me vengo dentro de ti, el semen como metáfora, la metáfora como semen. Estamos desnudos, lo dije o lo pensé, lo soñé (lo escribí) pero no desnudos con esa vulgaridad enfermiza de los tabloides, sino desnudos de verdad, desde el poema hasta la muerte, desde la nada hasta el centro del desamparo, desnudos como la verdad verdadera que en ciertas corrientes zen se opone a la verdad de la opinión común que está estructurada desde los medios de información. Estamos estructurados, ¿te lo he dicho? No te lo he dicho para no estristecerte; desde que nacemos nos dicen qué pensar, en quién pensar, qué sentir, con quién sentir. Si nos decimos rebeldes o ateos, sólo somos rebeldes o ateos respecto a esa estructura, o sea, sólo eres rebelde porque la estructura lo quiere y sólo eres ateo porque los ateos salvan a Dios, ¡es triste!, te lo dije, te lo dije… Lloro besando tu espalda, lamiendo tu culo, lloro encajando mis dientes en tu perfecto culo. No le tengo miedo a las palabras, a ninguna palabra, eso no me convierte en un monstruo. O tal vez sí. No dejes que me duerma si no me vas a despertar con tu voz, no me hables del frío si no me vas abrazar esta madrugada, tus piernas entrelazadas a mis piernas y tus manos en mi pecho y tus uñas hermosas acariciando. Encontraré una palabra que sea como mis labios besándote, una palabra que haga eterno mi beso y que te siga besando aunque estés muerta o renacida o hecha polvo. Mis besos inagotables dibujando tu silueta y deleitándose en esa alucinación de besos repartidos, de besos barcos de plata, de besos faros de niebla. Déjame ver tu belleza, doblarla y metérmela en la bolsa de la camisa, junto al corazón. Qué cursi, dirás, y tu sonrisa será el centro de un escrito, el alma de un poema. Mi cuerpo sirve para que estaciones tus besos y tus caricias, te diré como un secreto animal, tu desnudez es música, plenitud, mi lengua recorrerá tus muslos, mis besos se harán ancla en tu pubis, en tu vientre de luna trepidante, mis besos, mi amor, que son pensamiento y magia negra, tus besos, el cielo que envuelve todos los mundos posibles.

Marly I

Marly I

Tengo una jauría de soledades en la sangre, una colección de puertas cerradas, el alma como chatarra, el poema ahogado en su propia luz. Muerde mis labios, déjame suicidarme a la orilla de tus caderas. Me gusta de ti lo insólito, la aventura y el milagro. El viento me dice que sólo puedo tocar lo inexistente, tengo, entonces, las manos llenas de sales añejas, de tristezas cirróticas y el poema renacido en su propia ceniza. Que tu cuerpo sea como una enredadera, que tus manos sean como ángeles caídos, que tus piernas sean el templo de Dionisos. Seamos lo que alguna vez fuimos: una bomba que haga temblar al mundo, succióname, implosióname. Tengo una horda de palabras en el espíritu, un lobo que le aúlla a tu belleza, una novela descaradamente erótica. Mójame en tu mar, cólmame. Sé mi vértigo, la medida, la densidad de mi caída. Baila con los fantasmas de mi sexo. Que tus caderas sean el puerto, que tus pies sean ambrosía, que tu cuello sea el perfume del asesinato. Me gusta de ti el torbellino, el irreversible placer, la noche agrietada. La oscuridad me dice que mis signos son voces silenciosas, acaso palabras caóticas, tengo, entonces, las piernas llenas de tu savia, los libros borrados, el beso cinematográfico. Hablamos de una muerte pequeña como se habla de un cortometraje que está lleno de manos y piernas y nalgas y espejos en los que se multiplica el infinito que es ausencia que es palabra que es sexo que es simulacro. Tengo un cardumen de besos en los labios, un crimen sin estrenar, un bosque de luciérnagas borrachas. Besa mis orejas, déjame nadar en tu ombligo. Me gusta de ti lo cósmico, el insomnio de lucidez descarnada, lo ave fénix y lo fuego siemprevivo. La voz del tiempo me dice que no he nacido, que no he de nacer, tengo, entonces, las piernas llenas de pasos perdidos, el pecho hueco, la cabeza alada. Que tu cuerpo sea el bálsamo del olvido, la habitación del alumbramiento, el eclipse incierto. Seamos lo que nunca seremos: una hoja flotando en el agua, el orgasmo, el espejo del universo, la raíz sagrada, lléname, llévame.

XXX II

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En cada semáforo voy viendo tus piernas de reojo, tengo una especie de ansiedad adolescente. Me siento joven y poderoso a tu lado, será porque eres un poco mayor que yo, será porque tu belleza a mi lado me hace sentir orgulloso. Descubres mi erección debajo del pantalón, la acaricias, tus uñas son largas y pintadas de negro, me observas con tu mirada delineada la comisura de los labios. Bajo tu mirada me siento descuartizado y armado en sólo segundos.
—No me analices.
—A ti ni Freud podría analizarte.
—Lo dices porque me quieres.
—Lo digo por lo pinche desconcertante que eres, eres un amasijo de contradicciones; eres anarquista pero votas, eres ateo pero vas a la iglesia a rezar, te dices poeta maldito pero escribes cursilerías, no crees en el matrimonio pero te vas a casar, amas la violencia y la sangre pero eres tierno y hasta romántico, eres comunista pero traes este coche y tienes este iPod de última generación.
—Penúltima
—Crees en la maldad de la raza humana, pero eres bueno.
—Soy malo
—No
—Sí
Meto mi mano debajo de tu vestido, acaricio tus muslos. Tu coño todavía tiene algo de la humedad de nuestro antiguo encuentro. Vamos por la avenida. Veo la entrada a un hotel de moda; me estaciono y espero, hemos de caminar a la entrada. Volteo para todos lados como paranoico, creo que tú haces lo mismo. Así que nos escabullimos dentro del hotel, esa es la palabra: escabullirse. Esa es la primera cosa excitante de la tarde-noche. Pido un cuarto, el más lujoso, tú te has adelantado al ascensor. Ya dentro los dos del ascensor, aprovechamos para de nuevo desembocar nuestra pasión adolescente; con urgencia nos buscamos los labios, los cuerpos, los sueños. Llegamos al cuarto, nos seguimos besando incontrolablemente: mi lengua dentro de tu boca dibuja laberintos y tú a la vez respondes mordiendo mis labios con violencia.
Hay un espejo de caoba tallada, es un espejo amplio. Delante de él te paro y yo detrás de ti comienzo a desvestirte, a desabotonar tu vestido, te dejo un momento con el sostén solamente, tus calzones ya los había arrancado. El vestido yace en el suelo, a la orilla de tus zapatillas. Te beso los hombros, la espalda, recorro con mis manos tu vientre y tus brazos, sujeto tus caderas, observo tus nalgas y te doy una pequeña nalgada. Observo tu pubis, lo acaricio apenas. Luego te quito el sostén y lo dejo sobre la mesa del espejo. Tus pechos son enormes y portentosos, de sólo verlos me excito en demasía, miles de demonios juegan en mi mente y caballos negros galopan de mi sangre al infinito. Tus pezones están duros, medianos, los sujeto entre mis dedos, juego con ellos. Beso tu cuello, lamo despacio tus orejas, olfateo tu cabello como un animal olfatea a su presa. Sonríes, cierras los ojos, te dejas llevar. Bajo mi pantalón, sientes mi erección contra tus nalgas, fricciono mi pene sin meterlo, sólo lo fricciono con tus nalgas y así lo sientes ponerse cada vez más duro. Saco mi navaja, la paso por tus pechos, la hoja del metal contra el pezón crea una máscara que recorta el infinito. Paso el filo, sin cortar, por tu boca, tu cuello, tus hombros, tus tetas, tu vientre, tu pubis y me agacho para pasar el filo por tus piernas y de pasó morder tu cintura, lamer tu cadera y besar tus nalgas; luego paso la navaja en sentido inverso. Tú cierras los ojos y aprietas los dientes, me gusta, me excita verte así en el espejo, el reflejo de ti a un mismo tiempo excitada y asustada es encantador, además estás desnuda excepto los pies. Comienzo a magrearte despacito, paso mis dedos por tu coño, juego con tu clítoris y tus labios vaginales, comienzo despacito y voy aumentando el ritmo; siento cómo tus jugos van mojando mis manos, beso tu nuca y tu espalda, meto mis dedos con violencia, cada vez más rápido mientras estimulo tu clítoris que se va poniendo duro e hinchadito, te masturbo con dos dedos y luego tres, alterno, te masturbo con la palma abierta sobre el clítoris; meto mi anular, medio y meñique dentro de ti, mientras que muevo el pulgar en círculos sobre tu monte de venus. El movimiento, por momentos ondulatorio y por momentos zigzagueante, te hace gemir y escucharte me excita. Es como si tocara un instrumento musical y pudiera regular los gemidos con el virtuosísimo de mis dedos, ese poder que me hipnotiza, lo confieso, me hace sentir tan poderoso como un Dios o como un asesino. Mis dedos son largos y gruesos, los sientes cada vez más hondo y la excitación es tanta que no puedes más; entreabres los ojos, gritas, volteas y muerdes mi boca. Saco de mi mochila unos gramos de cocaína que pongo sobre la mesa del espejo, y también saco unas botellas de vino. Destapo una botella y bebo directamente del envase. El calor es un poco sofocante, prendo un cigarrillo. Tú estás deshaciendo los terroncitos de la cocaína con una tarjeta de descuento en Librerías Gandhi.
Me siento al lado de la ventana que da al estacionamiento del hotel. Un sol moribundo se esconde por detrás de la ciudad. Inhalas dos rayas de cocaína. Me ves sentado, con los pantalones abajo y bebiendo mi segunda botella de vino. Te acercas gateando, coqueta y traviesa, hasta que lanzas un primer lengüetazo sobre mi glande y lames de la punta y hasta los testículos. Subes y bajas, me miras a los ojos y yo lanzo bolas de humo de mi boca hacia la eternidad. Lo disfruto, tu boca es húmeda y dulce y suave; tu lengua es como el sueño que acaricia a otro sueño. Mueves, subes y bajas, cada vez estoy más duro y excitado. Lo pones entre tus tetas, acaricias mi glande con la punta de tus pezones. La sensación y la visión son maravillosas. Estoy calientísimo, me pones calientísimo, pero me estoy aguantando para no venirme. Me pongo de pie y te cargo sobre mí, sujetándote de las piernas me siento a la orilla de la cama y tú sobre mí. Mi verga entra con facilidad, tu vagina aprieta, humedece, enloquece. Te mueves, cabalgas, tus pechos quedan a modo para que yo los bese y los muerda, lamo tus pezones, los muerdo dejando mis dientes marcados sin importarme si dejo evidencias. Tú estás tan excitada que tampoco te importa, te sujeto de las nalgas, las azoto, vas y vienes, subes y bajas, la conmoción es exquisita. Besas mi cara, mi boca y así, con mi verga dentro de ti, me parece que nos convertimos en meras figuras de luz, nuestros cuerpos se entrelazan con la luz y me derramo dentro de ti, suelto todo mi semen con una inversión de la perversión que, por lo mismo, es perversa: derramo mi semen para fecundarte; sientes el torrente dentro de ti, te angustias unos segundos pero, sobre todo, caemos tendidos y satisfechos sobre la cama.
—Me parece increíble que existas
—Me parece increíble existir y que, sin embargo, tú estés en mi vida.
—Yo nunca había sido infiel
—Tampoco yo
—¿Y todos tus relatos sobre mujeres en los hoteles a las que les haces exactamente lo mismo que a mí?
—Ficción, puede que esto también lo sea.
—Ya perdí la cuenta de los orgasmos, tenía mucho tiempo que no me sentía así
—Eres maravillosa.
Prendemos la televisión, vemos una película pornográfica. Eso nos vuelve a calentar. Bebemos vino, cada quien con tu botella. Platicamos de la vida, del amor, de la muerte y de las fantasías. Ser atada. Un trío con japonesas. El amor es un perro del infierno que se muerde la cola eternamente. El deseo por el otro siempre está signando por la ausencia de uno mismo, ya sea por la imposibilidad de ser uno mismo o por la huida por aburrición o por miedo, de ser uno mismo. Ser cogida por muchos hombres, cinco o seis, mínimo, que me inunden de semen todo el cuerpo. Coger con mi prima. La vida es algo complejo y desconocido, lo cierto es que el futuro es incierto, todo ocurre en el presente, esa es la paradoja, la desesperanza de los relojes. El universo es plastilina musical. El universo es un canguro de cartón. Cuando era joven quería morir cuando aún no estuviera tan acabada, como a los cuarenta o cuarenta y cinco. Siempre me han gustado las mujeres rotas, por eso me gustas. El feminismo es una mierda. La sociedad es una trampa. Estamos aquí para ser libres y medianamente felices. Cuando era lolita deseaba ser follada por mi tío. Hasta la fecha me masturbo pensando en mi maestra del kínder. El amor es lo segundo más maravilloso del mundo, que qué es lo primero, coger contigo.
—Me voy a dar otras líneas
—Vas
Te agachas para inhalar la cocaína, deshaces los terrones, formas las líneas y envuelves un billete de 20 pesos. Ver tu culo así me excita y me acerco a nalguearte, primero como un juego, luego más duro. Con la palma azoto con especial ímpetu, al principio te reías pero ahora pareces preocupada, el dolor se apodera de ti. No dejo que te levantes, mantengo tu cabeza sumergida en el polvo. Me gusta ver tus nalgas rojas, luego agarro el cinturón y con él comienzo a golpearte duro, las marcas sanguinolentas son notables. Fricciono mi verga contra tu culo, pero está vez sí lo meto, voy abriéndome camino con violencia y fuerza. Te sujeto de la cintura y de una estocada la clavo hasta el fondo. Sueltas un grito, lloras.
—Detente, sabes que no me gusta por… Ayyy
No te escucho, te penetro salvajemente, te acaricio el clítoris y luego golpeo con la palma abierta tus labios vaginales. Abro más tu ojo de Sodoma, mi verga se hace gruesísima dentro de ti, embisto, embisto, bombeo… Soy un bombardero ruso, lloras, pataleas, finalmente te libras de mí….
—No me gusta esto, me estás lastimando. Pinche loco, mejor ahí le dejamos…
De mi mochila saco mi pistola automática calibre 28. Es negra y de metal. Te apunto. Te desconciertas, balbuceas unas palabras.
—¿Qué estás haciendo?
—Lame la pistola…
—Creo que esto es…
—¡Lame la pistola, puta!
Ves la determinación en mis ojos y te acercas a lamer la pistola automática. Chupas, la metes entera en tu boca. Te acerco de nuevo al espejo y de nuevo te enculo, mi verga entra cada vez con mayor facilidad, la sensación me enloquece. Tú sigues llorando pero tengo la pistola apuntando a tu cabeza…. Abro tus muslos, meto el arma entre tus piernas, una vez que la lleno de tu esencia, la meto en tu boca para que pruebes tu propio sabor mezclado con el metal y el olor a pólvora. Gritas, me gusta verte gritar en el espejo y tus tetas enormes que se mecen en cada vez más crueles oscilaciones. Retuerzo tus pezones tan duro que aúllas una vez más… Eso me excita tanto que estoy a punto de venirme.
—Ponte de rodillas, puta, ponte de rodillas…
Te arrodillas, estás llorando, meto la pistola en tu boca, la sostengo con mi mano izquierda mientras que con la derecha me estoy masturbando sobre tu cara, me excita verte así, llorosa, con el maquillaje corrido y con el frío metal dentro de tu boca… Así que suelto una avalancha de semen que por un momento te enceguece, el resto del semen lo descargo en tu boca y en tus tetas. Es una sensación delirante. Caigo a tu lado, en la alfombra de la habitación y cierro los ojos sollozando.
La pistola está descargada, te digo sonriendo. Me abofeteas, un golpe durísimo… Luego me besas. Te acuestas a mi lado.

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Mariana, Mariana

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Hablo de otra pero podría hablar de usted. O de ti. Hay una mujer que toca a la puerta de mi casa, son las nueve o las diez de la noche. Ninguna cábala en los números. Yo repito su nombre dos veces, Mariana, Mariana, y te invito a pasar. El pretexto es la soledad, el aburrimiento. Probablemente. Traes una falda beige, corta y un suéter negro, me llama la atención el contraste, como si dos climas existieran dentro de tu cuerpo al mismo tiempo. Hablas de tu vida, bebes todo mi vino tinto. Al poco tiempo estás borracha. Y entonces lo veo. La nada que viene de un lugar desconocido, tal vez el alma, y se instala en la casa, en la sala, al lado de tus muslos, luego da una vuelta por el universo (la nada viaja más rápido que la luz, Mariana) y regresa para convertirse en desamparo en tu mirada. Luego mueves los brazos, parece un movimiento involuntario, observo tus manos, esas manos que son capaces de convertir la tristeza en arte. Bebo tu nombre despacio, para complacerme, me detengo en las vocales un poco, guardo las letras debajo de mi lengua como si se tratara de una droga poderosa. Probablemente haga calor. La luz de las ventanas atraviesa y da de lleno en los omóplatos que apenas imagino. Pones música, los Stooges. Traigo una botella de mezcal, bebo un trago. Prendo un cigarro. Bailas salvajemente, levantando los brazos y moviendo los labios. Entonces percibo por primera vez que debajo del suéter no traes nada, veo los pezones marcados por los movimientos repentinos. Observo tus piernas largas, casi infinitas. Tu presencia en la habitación tiene un erotismo implícito, un centro de gravedad de sensualidad y muerte, la atracción fatal de los cuchillos y de las carreras de autos, la muerte prematura por exceso de cocaína. Veo tu cuerpo y de repente eres una isla de luz, de luz triste como las farolas que apenas tintinean a las tres de la mañana. Perdona mis blasfemias (Mariana) pero si no fueras triste, si no tuvieras esa hermosa tristeza del otoño, no me excitarías tanto. Me parece increíble (debe haber alguno) que no haya hombres que al contemplar tu tristeza, tu desamparo, se arrojen a tus brazos como a un destino marcado desde hace siglos por el oráculo. Me gustan tus ojos pequeñitos y tu sonrisa amplia, la manera descarada en que fumas haciendo temblar apenas tu labio inferior. Tu mirada y tus cejas. La tristeza, habrá que decirlo, te hace peligrosa (Mariana), no considero que tu desamparo, que tu tristeza, sea inofensiva, tienes el poder, los medios, los besos, la suerte. Una mujer capaz de dejarse follar por dos, tres o cuatro hombres con tal de combatir el aburrimiento, pienso en tribus y en filosofías, sólo puedo pensar en lo que hay debajo del suéter negro, me acerco y lo quito. Desnuda, de la cintura para arriba y sin ninguna preocupación sales al balcón a fumar. Ves las nubes. Observo tu espalda y tus nalgas. Sé que alguien más puede verte, ese entrecruzamiento de miradas, ese exhibicionismo me desconcierta y excita, creo que estás más borracha de lo que creí. Bailas y fumas, suenan los Stooges, el primer disco de 1969. Me acerco por tu espalda, beso tu cabello y meto mi mano debajo de tu falda. Espera, dices. Volteas y me das un beso tierno. Vamos al cuarto. Te metes al baño y yo espero acostado en la cama. Sales completamente desnuda del baño y poniendo una mano en la estructura de la puerta me dices Quiero que me cojas toda la noche y toda la mañana. Observo tu pubis hermoso, tu vientre, tus pechos, tu cadera. Bajas mi pantalón y sin más mediación metes mi verga en tu boca, la mamas desesperada, traviesa, golosa, coqueta. Mamando y lamiendo de vez en vez los huevos y mirándome a los ojos. Una sonrisa como de diabla recién nacida se esboza en tu boca. Prendo la televisión: pongo una película pornográfica. En la película dos chicas, una rubia y una chica de cabello negro (probablemente rubia natural) viajan en el tiempo para tener experiencias sexuales. No sigo la trama pero al parecer son dos científicas. En ocasiones las dos chicas follan con un solo hombre (un cavernícola, por ejemplo) y en otras ocasiones cada una folla con un hombre diferente (dos soldados nazi, por ejemplo.) Te acuestas dándome la espalda a ver la película, entonces aprovecho para besar tu espalda y masturbarte. Siento tu cuerpo o el cuerpo de otra un cuerpo contonearse, desbaratarse o derretirse. Mis dedos avanzan, conquistan. En la película un hombre calvo que pretende ser futurista le mete la verga en la boca a la chica de cabello negro, la mete tan brutalmente que la chica de cabello negro llora. Otro tipo que pretende ser futurista pero que en realidad parece alíen, penetra en cuatro a la chica del cabello rubio. La chica del cabello rubio arquea su espalda y lanza su culito como un reto. Yo te sigo masturbando, cierro los ojos, es como si estuviera tocando un piano y como si con mi melodía los planetas bailaran y chocaran y estallaran.
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