Imagino

Imagino

Imagino la noche, el aire que parece incierto, acaso inventado, acariciando tus pezones. Mordiendo, como un monstruo o un sabio, tu cintura. Imagino tus dedos largos de mujer elegante postrados en el barandal del hotel, mientras abajo una ciudad se devora en su propia luz. Abajo los vagabundos, el metro, la angustia, el miedo. En el barandal la valentía, la arrogancia de la valentía, el existencialismo, la desesperanza del existencialismo, tu desnudez, lo artístico de tu desnudez. Imagino la inclemencia, el tedio; mi verga, gruesa y erecta, apenas penetrando tu culo parado. Un alboroto, la ensoñación de fecundarte de demonios o fantasmas. Una televisión encendida. Una gotera en el lavabo del baño. El olor de jabón mezclado con el olor a coño en mis manos. Las luces neón que de repente tintinean y se sumergen en la oscuridad y de repente regresan como del cementerio del pasado. Primero los gemidos y luego los gritos. Los ojos gatunos que brillan desde el edificio de enfrente. Las embestidas cada vez más salvajes, el sonido de los cuerpos chocando. Cuerpos calcinándose en un orgasmo infernal. Imagino la luz del cuarto de hotel, moviéndose en vaivenes más bien desconcertantes, mágicos. Un temblor interno y externo, esa rara coincidencia de la res cogitans con la res extensa. Las sábanas distendidas y con restos de semen y muco vaginal, saliva y sudor. Recuerdos de nuestro primer encuentro. La noche que llega con un viento agradable que entra por el balcón abierto y hace temblar levemente las lámparas de los burós. La televisión está prendida y pasan una película pornográfica. Imagino que al empezar la noche traías tus lentes para leer y así, con los ojitos viéndome desde detrás del cristal, llené tu boquita de semen. Besos que acaban en mordidas. Mordidas que explotan en universos desintegrados. La estridencia del encuentro, como una canción grunge, nuestros huesos son guitarras eléctricas desafinadas. Imagino que la película pornográfica es sobre una chica pelirroja que es penetrada por un enano moreno, sobre una cama de plumas de ganso, mientras unos rusos alrededor recitan el cuento Roma de Nikolái Gógol; en la película el enano se corre sobre las nalgas blancas de la chica después de sodomizarla, el semen resbala por los alrededores de ambas nalgas que, dicho sea de paso, tienen una blancura inusual. Imagino que mientras te penetro te hablo de tu novio o esposo o amante, te hablo con arrogancia y sin recato, mi verga entonces se hace más potente, el ritmo, como en la poesía, se convierte en un vértigo de soledades, de miedos indecibles. El orgasmo, la masturbación, los velos.